
Una Ética de la Proporción Viva
Si todo está entrelazado, si dañar al otro es desajustar el propio proceso del que formo parte, entonces la responsabilidad no necesita un mandato externo que la imponga. Pero decir esto no resuelve la pregunta ética: ¿cómo vivir cuando no hay un orden absoluto que garantice nuestras acciones?
EL ABISMO DE HUME
Alguien objetará, con razón: de cómo es el mundo no se sigue cómo debo actuar; entre el ser y el deber ser hay un abismo que Hume señaló hace siglos. La respuesta de este ensayo no es saltar el abismo a escondidas, sino reconocer una cosa: la ética misma es una mesura. No es un hecho que la naturaleza dicte, sino una forma que construimos para poder convivir, tan provisional y revisable como cualquier otra. La ética no se deduce del ser; dialoga con él. Por eso es coherente con todo lo anterior: tampoco aquí hay un absoluto, solo una proporción que cuidamos.
La respuesta que propongo es la de la proporción viva. Vivir éticamente no es seguir un código fijo ni tampoco abandonarse al impulso de cada momento. Es aprender la proporción del temblor: crear sin destruir el equilibrio que nos sostiene, medir sin sofocar lo nuevo que quiere nacer.
¿Qué es el mal en una filosofía que rechaza los absolutos? El mal no es una entidad metafísica opuesta al bien —esa imagen dualista pertenece precisamente a la metafísica jerárquica que hemos criticado—. El mal es desequilibrio. Aparece en dos formas simétricas: como exceso de mesura —rigidez que congela el flujo, opresión que impide la reconfiguración— y como exceso de caos —destrucción que elimina la posibilidad de cualquier reorganización—.
PARA VERLO CLARO
Una planta lo dice todo: con muy poca agua se seca; con demasiada se pudre. El «bien» no está en un extremo, sino en la proporción que la mantiene viva. La realidad misma corrige el desequilibrio —sin necesidad de un juez externo—: un sistema político que niega la dinámica de su gente colapsa; una economía que ignora los límites físicos del planeta, también.
Una ética así exige dos movimientos simultáneos. Por un lado, la responsabilidad de la mesura: reconocer que nuestras acciones tienen consecuencias estructurales, que las formas que construimos pueden durar o quebrarse. Por otro, la apertura al caos: no absolutizar ninguna forma, desconfiar de cualquier sistema que se pretenda definitivo, escuchar lo que queda fuera de nuestras categorías. La ética no es metal: es coreografía. Provisional, transformable, pero nunca arbitraria ni indiferente.


Y como la interdependencia ya es planetaria —la energía circula, la economía circula, el clima no respeta fronteras—, la ética no puede ser solo local. Debe aprender a imaginar mesura a escala global: no para imponer uniformidad ni construir un nuevo absoluto planetario, sino para reconocer que el entrelazamiento es real y que nuestras acciones tienen consecuencias a escalas que no siempre percibimos.




