
El Peligro de los Absolutos
El pensamiento es la capacidad más extraordinaria que el universo ha producido en nosotros. Organiza, conecta, simboliza, proyecta. Pero también puede hacer algo que ninguna otra fuerza natural hace: imaginar lo que no existe. Puede concebir el orden absoluto, el bien perfecto, la verdad definitiva. Puede fabricar mundos que no tienen correlato en la realidad dinámica.
Eso no es un defecto: es una potencia. La capacidad de imaginar alternativas es lo que hace posible el arte, la ciencia, la ética y la transformación social. El problema no es imaginar absolutos: el problema es confundir la imaginación con la estructura del ser. Cuando el pensamiento toma su creación conceptual y la declara fundamento eterno de la realidad, la imaginación se congela en dogma. Y la cadena conocida sigue su curso.
El precio de absolutizar una idea: el dogma se vuelve jerarquía; la jerarquía, poder; el poder, opresión.
La evidencia histórica es elocuente. Las grandes ideas absolutas han cambiado constantemente: Dios absoluto, Razón absoluta, Progreso absoluto, Mercado absoluto, Ciencia absoluta. Cada época construye su absoluto y luego lo ve transformarse o derrumbarse. Eso mismo prueba que los absolutos también danzan. No son fundamentos del ser: son imaginaciones intensas del pensamiento que se presentan equivocadamente como su fin.
LA OBJECIÓN INEVITABLE
¿Y esta misma idea —que nada es absoluto— no es ella un absoluto que se refuta a sí mismo? Aquí conviene ser preciso, porque la objeción es seria. No afirmamos una nueva verdad eterna; proponemos una regla de prudencia: mantener abierta toda forma a su revisión. Esa regla se aplica también a sí misma —también ella es revisable— y por eso no se contradice. No clausura: orienta. Un absoluto pretende ser el último piso del edificio; esto es, más bien, el compromiso de no dejar nunca de revisar los planos.
Esto no conduce al relativismo —la posición cómoda de que cualquier cosa vale igual—. Conduce a algo más exigente: a la responsabilidad de sostener formas sin absolutizarlas, de actuar con convicción sabiendo que toda convicción es revisable. La filosofía ya no puede fundar castillos de conceptos para siempre. Su nueva tarea es navegar: aprender a habitar la oscilación entre forma y apertura, entre lo que persiste y lo que se transforma.





